Costo de la carne de cerdo en el cierre del año: cuando la costumbre se torna un lujo.

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Foto: RL Hevia

A lo largo de los años, la carne de cerdo ha representado algo más que un simple alimento en Cuba. Se ha convertido en un símbolo de unión, familia y celebración. El pernil y los chicharrones en la mesa no solo se asociaban al fin de año, sino que también confirmaban que, a pesar de las adversidades, había motivos para festejar. Sin embargo, hoy en día, esa imagen se aleja cada vez más de la realidad de miles de hogares.

En este cierre de año, el costo de la carne de cerdo vuelve a impactar gravemente el bolsillo de los cubanos. En La Habana, por ejemplo, en mercados estatales, privados o informales, el precio por libra oscila entre 700 y 1,100 pesos, dependiendo del corte. El pernil, el más emblemático de las festividades, se ha vuelto el más inaccesible. Para muchas familias, adquirirlo completo ya no es viable; para otras, incluso un pequeño trozo es un lujo fuera de su alcance.

El impacto va más allá de lo económico y toca aspectos sociales y psicológicos. En una nación donde las celebraciones han perdurado a pesar de crisis, apagones y escasez, la carencia del cerdo en la mesa simboliza una ruptura significativa. No se trata de un lujo o un antojo, sino de identidad cultural. El cerdo asado, el congrí y la yuca con mojo son parte de una tradición doméstica que define el significado de despedir un año y recibir otro.

Sin embargo, las cuentas no mienten y los precios no dan tregua. Un salario promedio no es suficiente para cubrir una cena tradicional sin hacer grandes sacrificios. En muchos casos, comprar cerdo implica renunciar a otros alimentos básicos, endeudarse o depender de remesas. El resultado es una celebración fragmentada, donde la nostalgia es tan pesada como el costo de cada libra.

Las razones son evidentes y recurrentes: caída de la producción por falta de insumos, altos costos de crianza, escasez de piensos, inflación sostenida y una oferta de mercado insuficiente frente a una demanda concentrada en fechas específicas. El fin de año, en lugar de aliviar la situación, resalta este problema con mayor crudeza.

Así, la carne de cerdo ha evolucionado de ser un punto de encuentro a convertirse en un termómetro social. Su precio ilustra hasta qué punto la vida cotidiana se ha vuelto más costosa y cómo tradiciones que se consideraban profundamente arraigadas están fuera del alcance de un número creciente de cubanos.

Este 31 de diciembre, muchas casas no tendrán pernil, al igual que carecerán de electricidad y gas. Habrá ingenio, sustituciones, platos improvisados y, incluso así, deseos de reunirse. Porque los cubanos continúan celebrando a pesar de no contar con motivos claros para ello. Pero cada ausencia en la mesa plantea una inquietud: ¿qué más se está perdiendo cuando una tradición deja de ser viable?

Quizás el verdadero drama no sea solo el precio de la carne de cerdo, sino el hecho de que celebrar como se solía hacer se haya convertido, también, en un privilegio.

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