Foto: Cuba Noticias 360
La celebración de la cena de fin de año en Cuba trasciende lo meramente gastronómico. Se trata de una tradición profundamente arraigada que suele incluir yuca con mojo, arroz congrí, carne de cerdo, chicharrones y tostones, entre otros manjares. Sin embargo, cerrar el 2025 con estos platos típicos se ha convertido en un desafío económico para muchas familias, en un contexto marcado por la inflación y la sostenida disminución del poder adquisitivo.
Un recorrido por los mercados y puntos de venta en La Habana revela cómo los precios determinan lo que puede servir en la mesa.
Costo de los alimentos en Cuba para fin de año
Alimentos básicos de la cocina cubana, como la yuca, se venden alrededor de 150 pesos la libra, mientras que el tomate alcanza los 200 pesos y el ají pimiento puede llegar a los 400. Verduras que antes eran comunes, como la lechuga o la acelga, también se encuentran en torno a los 150 pesos la libra, y las papas se ofertan a 400.
Otros ingredientes habituales, como el quimbombó, rondan los 130 pesos, y hasta la naranja agria, esencial para el mojo, se encuentra alrededor de los 100 pesos.
A pesar de esto, el mayor impacto en el presupuesto familiar proviene de la carne de cerdo, el platillo insignia de la cena de fin de año. En los últimos días de 2025, su precio varía entre 700 y 1100 pesos la libra, dependiendo del corte y el lugar de compra. Para una familia que planea adquirir varias libras, el gasto se eleva rápidamente, transformando el plato más emblemático de la celebración en un lujo difícil de alcanzar.
Al sumar todos los ingredientes necesarios, sin incluir arroz, aceite, condimentos, refrescos o bebidas, y los postres, una cena tradicional puede sobrepasar los 10 000 pesos cubanos, una cifra que contrasta drásticamente con los ingresos mensuales de gran parte de la población.
Así, la cuestión que muchas familias se plantean no es cómo celebrar, sino qué disminuir o qué sacrificar. En 2025, la cena de fin de año en Cuba continúa siendo un símbolo de unión y esperanza, pero también un crudo reflejo de la crisis: mantener viva la tradición tiene un costo, y ese costo sigue aumentando.



