Celebrar el fin de año en Cuba -o en el extranjero-, con parte de la familia distante.

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Foto: RL Hevia

El cierre del año siempre ha sido un instante de reencuentro. Una mesa, un abrazo, un brindis que se repite cada año casi sin pensarlo. Sin embargo, desde hace tiempo, para muchas familias cubanas, ese ritual se celebra a medias.

La emigración ha ido fragmentando hogares de manera silenciosa y persistente, pero, sobre todo, dolorosamente. No se trata de una ruptura abrupta, sino de un desgaste que ha persistido durante décadas, llegando a convertirse en un éxodo sin precedentes en los últimos años, especialmente tras la llegada de Donald Trump al poder.

Un hermano que partió primero, un hijo que se fue después, unos padres que se quedaron esperando. Así, durante años, la familia se ha ido fragmentando hasta que hoy, en muchos hogares, la mitad de las sillas de las mesas permanecen vacías.

Esta noche, cuando el reloj marque las doce, miles de cubanos no levantarán la copa mirando a los ojos de sus seres queridos. Lo harán frente a una pantalla. Un mensaje de WhatsApp, una videollamada con mala señal, una felicitación apresurada antes de que se caiga el Internet o se interrumpa la luz.

Eso, para muchos, será suficiente. Y dolerá tanto en Cuba como en cualquier rincón del mundo donde se encuentre un nacido en la isla.

No es que falte el deseo de celebrar; falta la compañía. Faltan la presencia física, el gesto mínimo de pasar un plato, el sonido auténtico de la risa. La tecnología puede acercar, sí, pero no sustituye, porque nadie puede abrazar por teléfono. El fin de año, que antes era bullicio, comida compartida y largas sobremesas, hoy se convierte para muchos en un duro ejercicio de recuerdo y contención emocional. Se sonríe, se brinda, pero se guarda algo por dentro.

Hay padres que aguardan una llamada como si fuera un regalo. Hay abuelos que aprenden a usar un celular solo para ver el rostro de un nieto al que no podrán abrazar. Y hay quienes, desde el exterior, celebran con el corazón dividido entre el lugar donde están y aquel del que partieron.

No es nostalgia romántica, es una realidad concreta: familias separadas por la necesidad, por la falta de opciones, por un país que ha empujado a muchos a marcharse y ha obligado a otros a quedarse.

Este fin de año no será igual para todos. Para algunos será fiesta; para otros, resistencia. Y para muchos, simplemente será la confirmación de que la distancia se ha convertido en parte de la vida.

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